Fray Tormenta, una historia que inspira

Por: Sergio Sánchez / Esférico

Un hombre que comprende a flor de piel el abandono de los niños de la calle y los drogadictos pues en su infancia él tocó fondo. Un hombre que encontró en el amor a los más necesitados la mejor forma para servir a Dios como sacerdote pero de una manera sumamente original, subiéndose a un cuadrilátero para darle vida a Fray Tormenta, ícono de la lucha libre mexicana.

Su nombre es Sergio Gutiérrez Benítez, el penúltimo de 17 hijos del matrimonio de don José Gutiérrez y doña Emilia Benítez, familia que a causa de oportunidades de desarrollo se vio obligada a mudarse a la capital del país.

En el barrio formó parte de una pandilla conformada por más de 90 jóvenes en donde fue apodado como el Indio y se convirtió pronto en uno de los líderes gracias a su habilidad para las peleas callejeras, pero, peor aún, se convirtió en un adicto a las drogas, donde tocó fondo al verse involucrado en la muerte de un pandillero.

“Eso fue lo que me llevó a alejarme de la banda y abandonar un trabajo que había conseguido en una cantina. Anduve de un lado a otro; incluso, trabajé en el Circo Unión con Viruta y Capulina. Le hice al teatro y a los títeres, pero no podía hacer nada bien porque las drogas me seguían hundiendo“.

Cuando por fin decidió rehabilitarse, se interesó en el sacerdocio e ingresó a la congregación de los Padres Escolapios. Tras realizar estudios en Roma y España, regresó a México para especializarse en Puebla y después fue enviado a Veracruz en donde no solo se ordenaría sino también cambaría su vida para siempre.

 “Fue ahí donde me reencontré con mi pasado porque me pusieron a atender a drogadictos, prostitutas, delincuentes. Ahora estaba del otro lado, y me di cuenta de que no era una labor fácil. Los canijos me llamaban ‘Fray Diablillo’. Todavía no me sentía preparado para ser sacerdote, y reconozco que si acepté la ordenación fue por amor a Dios, pero también por necesidad, puesto que me dolía mucho que los chavos se murieran sin confesarse”.

Una noche, mientras veía la televisión, se encontró con la película El Señor Tormenta. Pensó así que la lucha libre podría ser una solución a los grandes problemas económicos que tenía la Casa Hogar.

“Esa misma noche —recuerda emocionado— adopté el nombre de Fray Tormenta. Fray por haber sido escolapio, y Tormenta en honor al personaje de la película. Mi intención no era dedicar toda mi vida a las luchas, sino un año únicamente, durante el cual pensaba ganar un millón de dólares para construir la Ciudad de los Niños, mi gran sueño”.

Comenzó a entrenarse a diario desde las 4:00 de la madrugada y oficiaba misa a las 7:00 de la mañana. Ese fue su pan de cada día durante más de un año.

 “Varias veces intenté arrojar la toalla, pero los chamacos me motivaban. Yo mismo diseñé mi propia máscara con sólo dos colores: el amarillo, símbolo de la viveza que debe tener Fray Tormenta arriba del ring, y el rojo, que significa la sangre que, si es necesario, debo derramar por los muchachos. Me prestaron una botarga, unas mallas y unas zapatillas para luchar. El día de mi debut estaba tan nervioso que me vestí desde las once de la mañana, aunque la pelea era a las siete de la noche”.

El único error que cometió en todo el proceso fue no preguntar cuánto le pagarían. Después de la lucha y frente a sus pequeños fans recibió 200 pesos.

Con el tiempo los aficionados se fueron enterando del secreto y acudían a la arena llevados por el morbo: querían saber quién le partiría la cara al padrecito.

Los siguientes dos años siguió luchando de incognito como Fray Tormenta y enfrentó a los mejores de la época: El Cavernario, Blue Demon y Huracán Ramírez, quien además fue el primero en descubrir la faceta de sacerdote de su compañero luchador. Hicieron un pacto de silencio pero en los camerinos ya corría el rumor de que Fray Tormenta era realmente un sacerdote. El luchador Cacique Mara arriba del ring le preguntó si era cierto que era “padrecito”. El inocente Fray Tormenta contestó afirmativamente y recibió un castigo premeditado: “si tú eres Padrecito yo soy Obispo, hijo de toda tu…”.

Su fama se extendió incluso a otros continentes, y no había función en la que se presentara en donde no hubiera un lleno.

Quizá no ganó el millón de dólares que esperaba en un año, pero sí ganó algo más valioso, rescatar de la drogadicción a muchos jóvenes que hoy en día son médicos, profesores, contadores, auditores, abogados, técnicos, sacerdotes e incluso luchadores, entre ellos el Sagrado, el Elegido, Místico, Rostro Infernal, El Chacal y  Fray Tormenta Jr.

A sus 72 años de edad, Sergio Gutiérrez es párroco de una iglesia muy cercana a la Catedral de Texcoco en donde sigue atendiendo una Casa Hogar.

La atractiva historia de este sacerdote luchador también llegó a oídos de  Juan Pablo II quien, en una de sus cinco visitas a México le dio su bendición en la Basílica de Guadalupe, y le comentó: “Ojalá hubiera muchos fray tormentas”. Éste respondió de forma espontánea: “Se acabaría la Iglesia, Su Santidad”. Y ambos rieron en señal de simpatía.

“Estoy sumamente agradecido con Dios porque la figura de Fray Tormenta lleva mucha gente a la iglesia. Siempre he dicho que si una máscara sirve para acercarse a Dios, pues qué bueno. No tiene nada de malo”.

El P. Sergio Gutiérrez Benítez ha pensado seriamente en el día en que ya no esté para ayudar a los suyos. Lo han hecho consciente de eso varias cosas, como el padecimiento de la diabetes, el infarto que tuvo y sus lesiones, entre las que se cuentan tres costillas rotas y un tobillo fracturado.

En la vida de Fray Tormenta no todo ha sido color de rosa ya que en 1990 fue acusado de pederastia y aunque dicha acusación no prosperó, el julio de 2016 recibió una nueva acusación penal por abusar sexualmente de un menor de 16 años que vivió en su casa hogar. El caso sigue abierto.

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